CieloDeMonaco
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En el mundo de la F1, Checo Pérez era un Omega de hierro: casco impecable, un hijo que era su manada entera, y cero planes de dejar que un Alfa joven oliera su nido.
Hasta que Max Verstappen apareció. 11 años menor, Alfa dominante, campeón del mundo, y con la costumbre de dejar su esencia marcada en el casco que siempre acababa junto al de Checo... en la entrada de su casa.
Checo no firmó para ser territorio de un Alfa cachorro.
Max no firmó para ser el segundo casco en el perchero de un Omega que no era suyo.
Pero los Alfa no preguntan. Marcan. Y Max ya había elegido a qué Omega iba a reclamar.