Iveth-23
El mundo no terminó con un estruendo, sino con un ahogo.
Cuando el viejo orden colapsó, dejó tras de sí un cielo permanentemente teñido de un sepia espectral y un aire espeso, cargado por el enemigo silencioso que todos aprendieron a temer: La Quema. Respirar el polvo de la superficie sin protección es una sentencia que calcina las vías respiratorias desde adentro, convirtiendo cada bocanada de aire en un suplicio de arena y fuego. En este planeta agonizante, la piedad se extinguió al mismo ritmo que los manantiales, y la supervivencia pasó a medirse en una sola unidad: las gotas de agua pura. Aquello que llaman El Flujo.
Aislados del horror exterior, tras las imponentes y frías murallas de acero de El Bastión, una sociedad hipertecnológica y militarizada creyó haber burlado al destino. Vivieron bajo la estricta disciplina de quienes se saben a salvo, respirando aire purificado y consumiendo reservas protegidas. Pero el acero también cede. Con los filtros desgastándose irreversiblemente y los acuíferos subterráneos completamente secos, la fortaleza se ha convertido en una jaula dorada donde la sed y los primeros brotes de la enfermedad empiezan a diezmar a la población. Para El Bastión, el exterior ya no es un desierto prohibido; es la última y desesperada oportunidad de no extinguirse.
Afuera, sin embargo, el mundo no está vacío. En los cañones escarpados y los valles áridos habitan los supervivientes de La Raíz. Sus cuerpos, curtidos por generaciones de crudeza, se adaptaron biológicamente a la toxicidad leve del aire, volviéndose inmunes a los efectos rápidos de la atmósfera. Ellos no tienen la tecnología del interior, pero poseen algo mucho más valioso: el control absoluto de los territorios sagrados donde brota El Flujo. La escasez los ha vuelto una civilización letal, salvaje y profundamente desconfiada. Para ellos, la gente de la fortaleza no son más que invasores cobardes que pretenden arrebatarles la vida que tanto les co