xerodred
En el infierno que fue el incendio de la Terminal Gris, un niño llamado Monkey D. Luffy ya cargaba con el poder de una fruta del diablo. Entre el humo, las llamas y los gritos de los pobres quemándose vivos, encontró otra fruta: la **Metsu Metsu no Mi**.
Sin saber lo que hacía, se la comió.
Lo que siguió no fue un simple dolor. Fue una tortura de diez minutos que ningún niño debería sobrevivir. Su cuerpo, que ya pertenecía a una fruta, rechazó con furia a la segunda. Luffy gritó, lloró, golpeó el suelo hasta hacerse sangre en los nudillos mientras su carne se retorcía, se abría y se cerraba una y otra vez. El fuego seguía consumiendo todo a su alrededor, pero él apenas lo sentía. Solo existía el sufrimiento.
Cuando el dolor finalmente cesó, el niño se levantó entre las cenizas. Las quemaduras graves que le habían abierto la piel y dejaban salir sangre se cerraron solas. La Metsu Metsu no Mi había curado el ochenta por ciento de sus heridas, dejando solo cicatrices leves como recordatorio permanente de esa noche.
Luffy miró a su alrededor. Vio a los nobles de Goa bebiendo y riendo mientras ordenaban que quemaran a los "plebeyos", a las "plagas", a la gente pobre que no merecía vivir en su perfecta ciudad. En ese momento, el sueño de convertirse en el Rey de los Piratas se apagó... por ahora.
Ya no quería solo ser libre.
Quería condenar.
Cada noble que tratara a los pobres como basura, cada aristócrata que se burlara del sufrimiento de los débiles, cada hijo de puta que creyera que su sangre valía más que la de los demás... moriría por su mano.
Así nació **El Demonio de la Condena**.
Un niño con dos frutas del diablo en el cuerpo, cicatrices que nunca olvidaría y un odio tan profundo como el océano. Un demonio que no buscaba tesoros ni aventuras... todavía. Primero, limpiaría el mundo de aquellos que creían tener el derecho de decidir quién merecía vivir y quién merecía arder.