Daimar_06
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Lucifer siempre había sido un hombre de excesos, pero lo único que realmente importaba, el ancla que mantenía su cordura en medio del caos, era Alastor. Su relación no era perfecta, pero era suya; una danza constante de intelectos, sombras y una devoción que, para Lucifer, se sentía como el único triunfo real en una existencia marcada por las pérdidas. Estaba convencido de que, al fin, había encontrado esa pieza que encajaba con precisión quirúrgica en su propia alma. Pero el Cielo tiene una memoria implacable, y la sangre del primer hombre, Adán, clamaba por un ajuste de cuentas que ni siquiera el Rey del Infierno pudo prever.
La sentencia no llegó como un estruendo, ni como un decreto formal. Fue una fractura silenciosa, un parpadeo en la realidad que lo borró todo.
Cuando Lucifer abrió los ojos, el peso del mundo se sintió diferente. No había azufre, ni el murmullo incesante de las almas, ni el calor reconfortante del inframundo. Estaba en un lugar que no debería existir, un paraje vasto, de una belleza tan antigua y aterradora que le golpeó el pecho con la fuerza de un recuerdo reprimido.
Y allí, a unos pocos metros, estaba él.
Alastor permanecía de pie, observando el horizonte con una tranquilidad que le resultó insoportable. Era su Alastor: la misma postura, el mismo porte, la misma sonrisa indescifrable que tantas veces había besado. Pero al intentar acercarse, al buscar en esos ojos el destello de complicidad, el reconocimiento, el amor que compartían, lo que encontró fue un vacío abismal.
O; dónde Alastor y lucifer se conocen en el Edén.