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-¡Voldemort está muerto! -gritó Harry Potter estirando su brazo.
El padre de Draco lo jaló del codo, Draco no apartó la mirada de su varita firme contra la palma de Potter, observando las venas ennegrecidas que bajaban desde la muñeca hasta perderse en la tela de su suéter. Sintió arrastrarse a pasos tropezados, pero continuó con los ojos en el ahora hombre que vivió dos veces, lucía triste, no como si hubiera ganado una guerra, más como si Voldemort estuviera reinando sobre él y la gente que amaba.
Narcisa repetía algo hacia Draco acariciando su dorsal. Él echó una última calada a Harry cada vez más pequeño por la lejanía, perdiendo los rasgos, volviéndose un manchón de colores cálidos. Se centró en sus padres y creyó que debía llorar, verse un tanto cercano al desastre que ahora eran ellos, pero no había nada en su interior. Draco, el que soñó todas las noches a partir de que Voldemort apareció en su hogar, profanando su sala, comedor y habitaciones que este muriese, el fin del semihombre, no produjo ninguna reacción. Entonces, se aferró a que el tiempo curara su falta de sentimientos.
Los juicios comenzaron con prisas de acabar y la gente que alguna vez habitó la mansión Malfoy fue condenada a beso de dementor una a una y, en la fila, se encontró su padre, minúsculo; luego, hueco. Narcisa lloró, pero Draco no lloró, siguió vacío y lejano. De todos modos, permaneció junto a su madre, de pie, ocultando su rostro y picando sus ojos para que se enrojecieran. No lloró, no dolió, no sintió, nada llegó, así que respiró errático y golpeó su pecho hasta que se desmayó.
Estaba defectuoso, concluyó, y empezó a habitar en la casona heredada, ausente de vida, creyendo que ese sería su castigo: pudrirse en la mansión de su padre muerto, donde miles de gentes fueron torturadas y asesinadas, por lo que no esperó una carta de Hogwarts invitándolo a regresar ni a un Potter dispuesto a hacerlo sentir.