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A sus 23 años, Merlina Addams no era simplemente una modelo; era una fuerza de la naturaleza en la industria de la alta costura. Reconocida a nivel mundial y convertida en el rostro estelar de las firmas más prestigiosas de París, Milán y Nueva York, su elegancia fría y su belleza gótica la habían catapultado a la cima del glamur internacional.
Detrás de su imperio financiero y su estatus de ícono se encontraba el legado de sus padres, Homero y Morticia Addams. Ambos, multimillonarios e influyentes empresarios, habían trabajado arduamente durante décadas para construir un verdadero imperio comercial y asegurar que a su familia nunca le faltara nada. A pesar del constante ajetreo del mundo de los negocios, Homero siempre fue un padre sumamente presente y devoto, manteniéndose al pendiente de cada paso de sus dos amados hijos: Pericles, el joven heredero de los negocios familiares, y Merlina, la soberana de las pasarelas.
Con apenas 20 años recién cumplidos, Enid Sinclair vivía en un universo totalmente girado en torno a una sola persona: Merlina Addams. Para Enid, Merlina no era solo una celebridad más; era su adoración, su centro de gravedad y su más profunda fijación. No había un solo desfile, evento de moda o alfombra roja donde Merlina se presentara en el que Enid no estuviera presente entre la multitud.
El santuario de esta devoción era la habitación de Enid. Las paredes estaban cubiertas de pies a cabeza con fotografías de alta resolución de Merlina, recortes de revistas internacionales como Vogue, carteles promocionales y portadas exclusivas. En sus estantes se exhibían colecciones completas de cosméticos firmados por la modelo, ediciones limitadas de ropa con su nombre, autógrafos cuidadosamente enmarcados y un sinfín de artículos de colección que Enid había conseguido tras años de seguimiento ininterrumpido.
"En un mundo de luces, flashes y glamour, la línea entre la admiración y la peligrosa obsesión está a solo un