kth-tegewa
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Jeon Jungkook creía que el corazón era un órgano puramente biológico, una debilidad que los hombres de su clase no podían permitirse. Había construido un imperio sobre cadáveres y silencio, ganándose el respeto de Asia a través del miedo. Sin embargo, toda su estructura de crueldad colapsó en un solo segundo.
El momento en que Kim Taehyung cruzó el umbral del salón, el aire abandonó los pulmones del mafioso. No fue solo el deseo; fue una colisión espiritual. Jungkook, el hombre que no se arrodillaba ante nadie, sintió por primera vez el peso de una emoción que no podía ejecutar ni comprar: la fascinación absoluta. Taehyung, con sus diecisiete años de elegancia etérea y su mirada desafiante, no era una ficha en su tablero de negocios, era el terremoto que venía a demoler su cordura.
El Dragón había encontrado su tesoro, y en el proceso, había descubierto que el depredador también puede ser cautivado por la luz.