d72740619
- Reads 1,062
- Votes 170
- Parts 3
Sí, ese era yo. De pie frente al refrigerador con el corazón roto, traicionado, y una cucharita de plástico temblando en mi mano.
¿La causa? Una rebanada de pastel. La última. La mejor.
-¡Yo la vi primero! -chillé, metiendo medio cuerpo dentro del frío como si fuera un campo de batalla.
-¡Yo la compré! -gritó Amane, apareciendo de la nada como siempre hace, robando, reclamando, con esa cara de "el mundo me pertenece porque soy el mayor por tres minutos".
-¡No me importa! ¡Era mía! ¡Tenía MI nombre escrito! -mentí descaradamente mientras me aferraba al plato.
-¡Eso es papel de aluminio, idiota! ¡Nadie escribe nombres en el papel de aluminio! -Amane lo agarró del otro lado.
Y ahí estábamos, como dos hienas peleando por una presa.
Forcejeamos. Discutimos. Él empujó. Yo también.
Grité. Él gruñó.
Alguien tropezó. Alguien gritó.
El plato voló.
Y justo cuando iba a decirle algo como: "¡Tú nunca me dejas tener nada bonito!", una cosa rarísima pasó.
Algo en la cocina brilló.
No el refrigerador. Ni el microondas. Algo... entre nosotros. Como si el aire se hubiera tragado una linterna.
Todo se puso espeso. Cargado. Pesado. Como si el universo se hubiera tragado aire.
Y luego...
Nada.
Oscuridad.
Silencio.