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El cartel de "Welcome to Derry" a la entrada de la Ruta 2 estaba picado por el óxido, pero el rostro del leñador pintado en él seguía sonriendo con una alegría que rozaba lo maníaco. Para cualquiera que viniera de Portland, Derry parecía el sueño americano de los años 60: el olor a pino fresco, el humo de las chimeneas y el brillo de los autos Ford estacionados frente a la Farmacia de Gendron.
Pero si te quedabas quieto el tiempo suficiente, el aire cambiaba. El centro de la ciudad es un laberinto de ladrillo rojo y asfalto recalentado. El Canal, esa herida abierta de hormigón que corta el pueblo a la mitad, arrastra agua turbia que parece absorber la luz en lugar de reflejarla. En los escaparates de la calle Main, las televisiones de tubo muestran imágenes granuladas de la crisis de los misiles, pero la gente camina con la mirada baja, como si temieran que, al mirar al cielo, algo más que un avión de la Fuerza Aérea les devolviera la mirada.