Nashimirami
Habían jurado que su amor sería un refugio eterno, un espacio sagrado donde el tiempo perdería su curso, donde cada gesto y cada palabra estarían impregnados de una dulzura capaz de desafiar las crueles leyes de la realidad. Un santuario donde su vínculo sería inmune a las tormentas de la vida, un lazo tan puro y fuerte que no conocería límites.
Cuando cruzaron sus miradas por primera vez, ambos sintieron que el destino, en uno de sus raros momentos de benevolencia, los había unido.Parecía que todo en el universo convergía para alinearlos, sus pasos se entrelazaron y avanzaron hacia lo que creían sería una eternidad compartida.
Lo que no imaginaban era que, bajo el manto de promesas y sueños, se encontraba una realidad latente: los silencios, aquellas palabras no dichas, y los miedos encubiertos empezarían a construir un muro invisible entre ellos. Lo que fue ese santuario ideal terminó por transformarse en un campo incierto, repleto de insidiosas adelfas, hermosas y venenosas por igual. Allí, sin darse cuenta, sembraron las raíces de su relación en tierra inhóspita. Y por mucho que intentaran enderezar lo torcido, las flores de la adelfa crecían fuertes y desafortunadamente más resistentes con cada intento.
Cuanto más se afanaban en salvar aquello que parecía escapárseles de las manos, más se extendía el manto de adelfas, una metáfora perenne de su conexión rota. No había rincón en aquel terreno donde pudieran refugiarse sin que la sombra del dolor y las espinas del sufrimiento los alcanzaran.
Así llegó el momento en que comprendieron lo más difícil de aceptar: no se puede forzar la entereza en algo fracturado desde su núcleo. Por mucho amor que hubiera latido entre los dos al principio, persistir solo prolongaría una agonía compartida. La belleza que aún quedaba entre ellos estaba contaminada, como esas flores brillantes y mortíferas que adornaban su paisaje.