_Mai_28
A sus dieciocho años, el mundo de Anghalhad se ha reducido a las paredes blancas de una habitación de hospital y al implacable tic-tac de un reloj que se queda sin tiempo. Diagnosticada con una enfermedad terminal, su realidad es un invierno perpetuo, una cuenta regresiva que afronta con una madurez forzada por la tragedia.
Para Nasiens, la vida transcurre entre fórmulas médicas y el aroma a antiséptico del hospital de su abuelo, Ordo. Callado, observador y refugiado en su propio aislamiento, Nasiens no busca conectar con nadie, hasta que sus pasos lo llevan a la habitación de Anghalhad. Lo que comienza como una serie de visitas silenciosas y tazas de té compartido, pronto se transforma en un refugio para ambos: un espacio donde no hay lástima, solo una comprensión profunda y un lazo que crece con la misma intensidad con la que el cuerpo de Anghalhad se debilita.
A medida que los días se vuelven más fríos, un sentimiento inconfesable y devastador florece entre ellos. Es un amor que se lee en las miradas sostenidas, en las manos que rozan la calidez del otro y en las promesas de un futuro que ambos saben que no llegará. Ninguno se atreve a pronunciar las palabras en voz alta; para Anghalhad, confesarlo sería encadenar a Nasiens a un fantasma; para Nasiens, sería admitir que el final es inevitable.