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En Hawkins nada cambia demasiado.
Las mismas calles.
Las mismas bicicletas apoyadas contra el césped.
El mismo sótano iluminado por una lámpara amarilla que hace que todo parezca más seguro de lo que realmente es.
Mike siempre pensó que sabía exactamente cómo funcionaba el mundo.
Los amigos eran amigos.
Las aventuras eran aventuras.
Y el corazón... bueno, el corazón no era algo en lo que un chico de doce años tuviera que pensar.
Hasta que empezó a notar cosas.
Pequeñas.
Casi invisibles.
Como la manera en que Will siempre se sienta a su lado, incluso cuando hay espacio de sobra.
Como el silencio cómodo que solo existe entre ellos.
Como ese segundo extra que duran las miradas.
Mike no piensa que esté pasando algo.
Solo siente que, cuando Will no está, el día pesa un poco más.
Y cuando sí está, todo es más fácil.
Will, en cambio, lo sabe desde hace tiempo.
No desde un momento específico.
No desde una escena dramática.
Sino desde siempre.
Desde las tardes en que Mike lo defendía cuando otros se burlaban.
Desde las noches en que prometían que nunca se separarían.
Desde esa certeza tranquila de que su lugar favorito en el mundo es al lado de él.
Will guarda ese sentimiento como si fuera un dibujo secreto en el fondo de su cuaderno.
Mike todavía no lo entiende.
Pero algo está empezando.