billwks
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Para el mundo, Christopher Bridgerton era el hermano que siempre prefería un libro o un paseo solitario antes que el estruendo de los salones de baile. Pero para él mismo, su identidad estaba definida por un secreto que latía en su pecho desde los ocho años: su devoción absoluta por la pequeña de las Featherington.
Mientras otros niños jugaban a la guerra, Christopher observaba a Penélope. Se fijaba en cómo sus rizos pelirrojos atrapaban la luz del sol y en la inteligencia que brillaba tras sus ojos tímidos. Sin embargo, el destino suele tener un sentido del humor cruel. A medida que crecían, Christopher tuvo que aprender a vivir con una herida silenciosa: los ojos de Penélope nunca lo buscaban a él. Siempre se posaban, con un anhelo evidente y doloroso, en su hermano mellizo.
Ver a la mujer que amaba suspirar por la sombra de su propio hermano fue un peso que Christopher no pudo soportar tras la tragedia.
La muerte de Edmund Bridgerton no solo dejó un vacío en el hogar de Mayfair; fracturó el mundo de Christopher. Incapaz de seguir siendo el espectador pasivo de un amor no correspondido en medio del luto, decidió marcharse. Christopher se alejó de los bailes, de las expectativas familiares y, sobre todo, de la presencia de Penélope. Cruzó fronteras buscando en tierras extranjeras una paz que Londres, con sus recuerdos y sus miradas perdidas, le negaba con crueldad. Pero hay secretos que no se quedan en el puerto, y deudas del corazón que el tiempo, por más que pase, nunca termina de cobrar.