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Durante un castigo en las mazmorras, Karisse Longbottom con apenas doce años se atrevió a hacerle a Severus Snape una pregunta que nadie más habría pronunciado. No fue más que curiosidad infantil, alimentada por rumores y silencios. Sin embargo, desde ese día, comenzó a observarlo con una atención distinta: su severidad, su inteligencia, su presencia imponente.
Con los años, aquella admiración mal entendida se transformó en un sentimiento que Karisse no supo nombrar ni controlar. Una tarde, impulsada por su carácter ambicioso y su necesidad de respuestas, se confesó... solo para encontrarse con un frío rechazo.
Snape cerró la puerta.
Karisse, en cambio, no pensaba rendirse.