Agaresrruz
Luka siempre había habitado un mundo de murmullos amables y saludos tibios.
No era el centro de atención por ser ruidoso, sino por esa paz magnética que irradiaba; una presencia constante y reconfortante que todos buscaban. Por eso, el vacío dolió el doble.
Fue gradual, pero implacable. Primero fueron los asientos vacíos a su lado en la cafetería.
Luego, las conversaciones que morían en seco en cuanto él cruzaba el umbral de la puerta.
Las miradas amables se transformaron en desdén frío, en espaldas que se giraban al unísono, dejándolo varado en medio de pasillos que de pronto parecían infinitos y hostiles.
El rechazo no tenía explicación, y esa incertidumbre comenzó a devorarlo por dentro, llenándolo de una angustia sorda que le oprimía el pecho.
Y ahí, en medio de toda su soledad, apareció Iván.
Mientras el resto del mundo le daba la espalda, Iván dio un paso al frente. Su presencia ya no era una sombra distante, sino un ancla. Ivan lo envolvía con una devoción silenciosa y casi asfixiante, ofreciéndole palabras de consuelo que, sutilmente, hacían daño:
"No los necesitas, Luka", "Solo yo sigo aquí", "Solo yo sé quién eres de verdad"; cada abrazo de Ivan se sentía como un salvavidas, pero también como una jaula que se cerraba despacio.
Atrapado en la desesperación de no quedarse completamente solo, Luka comenzó a aferrarse a la única mano que se le extendía, sin darse cuenta de que esa misma mano era la que estaba empujando a todos los demás de su lado.