Dianailyn
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-¿Estás más tranquila? -pregunta su voz con desprecio, como la de una madre que reprende a una niña después de un berrinche, mientras se levanta del asiento trasero y entra al área de carga donde me encuentro tirada, en el lugar más alejado.
El tono me hiela la sangre. ¿Cómo espera que responda si estoy amordazada? Apenas puedo respirar. El aire entra en pequeños sorbos desesperados por mi nariz. Intento moverme, pero el espacio es mínimo y cada intento solo empeora la presión en mis muñecas. La camioneta no reduce la velocidad en ningún momento.
Se hinca a mi lado. El suelo cruje. Se inclina hasta invadir mi espacio, demasiado cerca. Me observa como si yo fuera algo que le pertenece. Sonríe. No es una sonrisa amable -es lenta, calculada, inquietante.
-Tranquila -dice en voz baja, relamiéndose los labios y recorriendo mi cuerpo con la mirada-. Esto te va a gustar.
Sus dedos rozan mi rostro con una suavidad que me resulta peor que un golpe. Luego descienden despacio por mi cuello y mi brazo, sin prisa, atento a cada reacción. Me encojo, intento apartarme, pero detrás de mí solo hay metal frío. Su mano continúa bajando, deliberadamente, hasta mis piernas, deteniéndose donde no debería. Con la otra mano engancha su cinturón y tira apenas de él, mordiéndose ligeramente el labio inferior.
Retrocedo todo lo que puedo hasta chocar contra la pared del vehículo, dejando escapar un grito que muere atrapado detrás de la cinta en mi boca. Mis ojos arden. No sé qué quieren de mí, pero en su mirada no hay duda, no hay urgencia... solo control.
Y eso me aterra más que cualquier amenaza.
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Un capitulo diario de Lunes a Viernes.