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(ACTUALIZACIONES LENTAS)
Meses después de la llegada de Kael al Claro, ya nadie duda de dónde encaja: es constructor.
Preciso, callado, obsesivo con cada detalle de las estructuras que levantan su pequeña ilusión de seguridad.
Mantiene las manos ocupadas y la cabeza fría... excepto cuando aparece Minho.
Minho no entiende cómo alguien que nunca ha pisado el Laberinto puede cuestionarlo como si supiera más que él. Kael, por su parte, está harto de la actitud arrogante del corredor, de sus órdenes secas y de esa forma de actuar como si fuera intocable.
Chocan constantemente: velocidad contra paciencia, impulso contra cálculo. Para todos, es simple: no se soportan.
Pero la realidad es un poco más incómoda.
Porque mientras Kael solo ve a Minho como un problema más en su rutina, Minho empieza a notar cosas que no debería.
La forma en que Kael se concentra cuando trabaja, el modo en que nunca se rinde aunque todo esté en su contra... y lo fácil que le resulta sacarlo de quicio.
Lo que debería ser irritación se convierte en algo mucho más difícil de ignorar.
Algo que no encaja en el mundo en el que viven.
Cuando una sección de la muralla colapsa y Kael queda atrapado en una zona inestable cerca del Laberinto, Minho es el primero en llegar... y el único lo bastante terco como para no dejarlo atrás.
Obligados a colaborar para salir, sin el ruido del Claro ni espectadores alrededor, la tensión cambia de forma: menos gritos, más silencios. Menos odio... y algo que ninguno quiere nombrar.
Kael sigue creyendo que Minho es exactamente lo que parece: un idiota impulsivo con complejo de héroe.
Minho empieza a darse cuenta de que el verdadero problema no es Kael...
Es lo mucho que le importa.