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Los días monótonos y fríos en La Quebrada son los causantes de que las mujeres allí sean de esa manera: amenazantes, controladoras y crueles. Sin elección, se ven obligadas a convivir entre disputas de bandos y luchas en busca del control absoluto. Ser quien manda, quien exige. Ser quien tiene el poder. En la vida existen dos tipos de personas: los que agachan la cabeza y los que ponen un pie encima de esta. Pero ¿qué podría llegar a pasar cuando ninguna está dispuesta a ser la pisoteada?
Vittoria fue ingresada sin idea de cuál sería su destino, pero segura de que no dejaría que cualquiera viniera a decirle que podía o no hacer. A pesar de ser invadida por el miedo, en su vida había aprendido la lección de que ese sentimiento no valía nada, y lo único que lograría era hacerla débil. No contaba con el hecho de que tras las rejas su vida comenzaría de nuevo, y con ello el cruel abrazo de la sensación de estar muriendo en brazos ajenos.
La pasión del odio envolvió sus cuerpos. Dos depredadoras en un mismo territorio. Y sin decirlo, desde el momento en que se vieron, pactaron al destino que entrelazarían sus caminos. Derramarían su sangre, beberían de ella. Se destruirían con la misma intensidad con la que se deseaban. El juego había comenzado.