headxxyz
La muerte no tenía rostro, hasta que la encontró a ella.
Para Sae Itoshi, el mundo era un desfile interminable de almas mediocres y suspiros finales. Como el Segador, su existencia se limitaba a observar el hilo de la vida tensarse hasta romperse con una precisión quirúrgica. No sentía calor, ni piedad, ni interés por los asuntos de los mortales. O eso creía, hasta que el nombre de Lexy apareció grabado en su piel como una marca indeleble.
Lexy no era como los demás. Ella no huía de las sombras; parecía caminar entre ellas con una elegancia que irritaba y fascinaba a Sae a partes iguales. Cuando él se materializó en el rincón más oscuro de su habitación, con la guadaña invisible lista para ejecutar su sentencia, ella no gritó. Simplemente se giró, con esos ojos cargados de una melancolía tan profunda que hizo que el pulso gélido de Sae se acelerara por primera vez en siglos.
-¿Has venido por mí? -susurró ella, con una calma que desafiaba la autoridad del Segador.
Sae la observó con sus ojos penetrantes, esos que habían visto el fin de imperios enteros, y sintió una chispa de posesividad que no debería existir en un ser de su clase. En ese momento, cometió el único pecado imperdonable: decidió que el destino podía esperar. Porque Lexy no era una entrega más; era la única anomalía que le hacía sentir vivo, y Sae Itoshi no dejaría que nada, ni siquiera el mismo cielo, se la arrebatara.