knowmylover
A sus veintidós años, acababa de asegurar el asiento más codiciado de la Fórmula 1. Al inicio de la temporada el mundo entero sabría su nombre, se convertiría en el chico de oro del automovilismo, el depredador de las pistas que solo vivía a trescientos kilómetros por hora, sin ataduras, sin frenos, sin pasado.
O eso creía.
Un llanto ahogado, sutil pero desgarrador, interrumpió el silencio de aquella noche de enero. Al principio pensó que era el viento de la noche colándose por la terraza, pero el sonido se repitió, más nítido, justo detrás de la puerta principal.
Se levantó con cautela, la adrenalina activandose por cautela. Al abrir la pesada puerta de madera, el pasillo estaba desierto, solo una canasta de mimbre desgastada sobre la nieve.
Él se tensó. Dentro de la canasta, envuelta en una manta rosa que le quedaba gigante, una bebé de apenas unos días lo miraba con unos ojos verdes y enormes, atrapando la poca luz del pasillo. El llanto de la pequeña cesó en el instante en que vio al piloto, cambiándolo por un pequeño quejido de frío.
El contrato aún seguía sobre la mesa, prometiéndole la gloria eterna a la máxima velocidad. Pero ahí abajo, a sus pies, el destino acababa de clavar los frenos a fondo.
Su carrera más difícil no iba a comenzar en la parrilla de salida de Melbourne, sino en esa misma puerta.