EmmitaZh
Dolores -o mejor dicho, Annie- creció dentro de una burbuja hecha de amor. Cada cuento que le contaron, cada caricia, cada canción de cuna: todo hecho de la misma sustancia. Sería raro esperar que, de grande, no terminará siendo una empedernida romántica que vende finales felices por entregas, semana tras semana, en el periódico del pueblo.
Por eso, cuando su casa, la que manifiesta, literalmente, el amor de todo Avellaha, empieza a apagarse, volviéndose uno más de esos sentimientos que el pueblo ya casi no recuerda, a Annie se le ocurre la solución más sensata de todas: reconectarse con los dos hermanos más raros que conoció de chica, y pedirles, como quien pide prestada una taza de azúcar, litros y litros de pociones de amor.
El problema es que solo queda uno de ellos.
Sebastián odia los sueños. Odia los deseos, odia la magia, y por sobre todas las cosas, odia que los tres -sueños, deseos y magia- sigan siendo su problema, porque es justamente él quien heredó la casa que los fabrica. Así que cuando Dolores Anna golpea su puerta pidiendo lo imposible, lo único que sabe hacer es negarse.
Pero las hadas, esas que nunca dejan de mirar, aunque estén dormidas, tienen preparado algo mucho más grande que un frasco.
Y Annie y Sebastián están a punto de descubrir que volver a creer nunca fue cosa de pociones.