Dalet_unx
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Aerion Targaryen, segundo hijo de Maekar Targaryen -reconocido ingeniero civil en la industria metalúrgica- y sobrino de Baelor, el contador de la familia, era el tipo de chico que parecía esculpido por los dioses para causar problemas. A sus diecisiete años, el cabello blanco platinado corto enmarcaba un rostro hermoso que sus piercings -ceja, nariz y snake bites- volvían aún más intimidante. Los tatuajes de dragones que rodeaban sus brazos y su lengua bífida, que se había hecho a los dieciséis provocando las vacías amenazas de desheredado por parte de su padre, completaban la imagen de alguien que había nacido para desafiar las reglas. En la Academia de los Siete, nadie se atrevía a decirle nada: su fama de cruel, infiel y despiadado lo precedía, y su uniforme siempre impecablemente desarreglado -camisa por fuera, corbata mal hecha, sonrisa confianzuda- era su firma personal.
Duncan era su polo opuesto en todos los sentidos. A sus dieciocho años, medía 1,95 metros de pura torpeza adorable: dientes ligeramente chuecos, cabello rubio sucio siempre revuelto, ojos azules enormes y una contextura que, aunque algo robusta, escondía la fuerza de quien podría partir un tronco con las manos. Entraba a las salas chocando contra los marcos de las puertas, su nobleza tan evidente como su falta de elegancia. Becado por su talento deportivo, brillaba en el rugby y la esgrima aunque las materias académicas se le resistieran.
Valarr, primo de Aerion, unió ambos mundos con su amistad sincera con Duncan.
Para Aerion, Duncan era repulsivo. Un advenedizo que no pertenecía a su mundo, a su academia, a su familia. Pero esa repulsión solo era un escudo. Lo quería cerca. Solo para él. Perdidamente enamorado de un hombre que le sacaba cuarenta centímetros, que era tosco, poco elegante, y vomitivamente adorable cuando se lo proponía.