AllanParisheck
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La humanidad construyó imperios, religiones y cohetes sobre una única y desesperada mentira: que su existencia importaba. Que el universo, en su inmensa indiferencia, al menos les concedía el privilegio de ser los protagonistas. Pero en estas diez visiones del fin, esa mentira se desgarra capa por capa, y lo que queda al descubierto no es un vacío silencioso, sino una presencia densa, antigua y hambrienta que siempre ha estado ahí, mirando desde el otro lado de la luz. No estamos solos. Nunca lo estuvimos. Y eso no es un consuelo, es una condena. Porque no somos el objeto de la observación cósmica, sino el contenido de un experimento olvidado en un estante polvoriento. Somos el cultivo en un invernadero cósmico, recolectados cuando alcanzamos el punto exacto de desesperación que nuestra raza produce como una fruta podrida. Somos el error que un dios distraído no se ha molestado en corregir, pero que pronto será "parcheado" con una actualización que nos disolverá como un simple bug en el código de la realidad. El cosmos no es un océano vacío. Es un cerebro de dimensiones plegadas, y nosotros somos el pensamiento más insignificante que jamás haya parpadeado en su sinapsis. Hay entidades que no tienen carne ni mente, solo apetito; y se alimentan de nuestros momentos de mayor angustia, de nuestros gritos silenciados, de la electricidad que desprende una idea cuando es asesinada por el miedo. Se arrastran por los pliegues de nuestra percepción, tan cerca que casi podríamos tocarlas si supiéramos mirar hacia el ángulo equivocado. Los planetas no son esferas muertas. Están dormidos. Y cuando despiertan, su primer acto consciente es sacudirse la vida que llevan encima como un perro se sacude las pulgas. No hay odio en su movimiento, solo un olvido absoluto de que alguna vez fuimos algo más que una película de polvo en su superficie.