Avaanzini
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En el mapa criminal de Los Ángeles, pocos nombres pesaban tanto como los de KATSEYE.
No eran las más antiguas. No eran las más numerosas. Pero eran las más temidas por una razón simple: no respondían a nadie.
Mientras Bangtan controlaba el norte con mano de hierro, dueños de rutas de contrabando y casinos que llevaban décadas en pie, KATSEYE había construido su territorio desde cero. Sin herencia. Sin padrinos. Sin doblar la rodilla.
Sophia había heredado el instinto de una familia que llevaba generaciones en el negocio, pero eligió construir el suyo propio. Manon había llegado desde las calles con contactos que nadie más tenía y una lealtad que se pagaba con sangre. Las demás llegaron después, cada una con una habilidad que por sí sola valía un ejército.
Juntas, eran un problema que nadie quería tener.
Pero bangtan las quería.
No como aliadas. Como sumisas.
La oferta había llegado hace un año, envuelta en seda y amenazas. Únanse a nosotros o desaparezcan. Sophia había respondido con una sonrisa cortés y un portazo que se sintió en todo el distrito.
Desde entonces, la guerra era silenciosa pero constante. Territorios disputados. Negocios saboteados. Balas que nunca tenían dueño pero siempre apuntaban en la dirección correcta.
Esa noche, KATSEYE no iba a pelear.
Sophia había decidido que necesitaban ver cómo operaban los otros. Las subastas clandestinas eran el termómetro del poder criminal: quién compraba, quién vendía, quién tenía hambre de más. Información pura.
-Observamos -había dicho-. No tocamos.
Pero en el mundo de las chicas, observar nunca había sido suficiente.
Y esa noche, una chica con mirada de fuego estaba a punto de cambiar las reglas para siempre.