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El callejón trasero olía a humedad, orina de gato y aerosol fresco. Para Leo, de diecisiete años, ese era el único lugar donde el mundo dejaba de gritarle. No era un criminal peligroso, ni un monstruo sin entrañas. Nunca había robado una cartera, jamás había cruzado un puño contra un inocente y la idea de hacerle daño a alguien le revuelve el estomago. Su único delito, el pecado que mantenía a la policía local persiguiéndolo en patrullas aburridas, era el arte urbano. Para él, las paredes grises de la ciudad eran un lienzo de tristeza que necesitaba color.
Pasaba las noches cargando una mochila deforme llena de latas de KRYLON, deslizándose por los techos con la agilidad de un gato callejero, esquivando reflectores y dejando su firma en los lugares más inaccesibles. Pintaba murales de animales titánicos, rostros abstractos que lloraban estrellas y paisajes oníricos que transformaban callejones deprimentes en galerías a cielo abierto. En las tardes, se sentaba en las bancas de la plaza a dibujar en libretas gastadas o intercambiaba bocetos con otros marginales como él, fumando cigarrillos baratos y hablando de escapar a una ciudad donde el cemento no aplastara la creatividad. Pero la ciudad moderna no tolera la belleza sin permiso. Aquella noche, el frío era denso y olía a tormenta inminente.
Leo eligió su objetivo más ambicioso: comenzó a trazar las líneas de un gigantesco fénix que parecía volar sobre las tablas rotas. El trazo era perfecto, el olor a pintura inundaba sus fosas nasales y el corazón le latía con esa adrenalina limpia que tanto amaba. De pronto, el sonido del aerosol se cortó en seco. No fue un fallo de la lata. Una vibración sorda, un zumbido que no entró por sus oídos sino directamente por la base de su cráneo abriendo los ojos desmesuradamente mientras la realidad a su alrededor empezaba a crujir como un vidrio a punto de estallar.