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Si Dios se hubiera tomado la molestia de diseñar al espécimen masculino perfecto en uno de sus ratos libres, el resultado habría sido aquel hombre. Alto. Tan alto que tuve que echar la cabeza hacia atrás para encontrar su rostro. Traje gris Oxford impecable, corbata azul marino, camisa blanca sin una sola arruga. El cabello rubio oscuro, peinado con precisión milimétrica. Mandíbula cuadrada, pómulos marcados y una boca que era una invitación al pecado o a la ruina, aún no lo tenía claro. Pero lo que me robó el aire de los pulmones fueron sus ojos. De un gris tormenta tan intenso que por un instante creí estar mirando al cielo justo antes de que se desate una maldita galerna. Unos ojos que me atravesaron de parte a parte, sin prisa, sin piedad, como si yo fuera un bicho raro clavado en un corcho de coleccionista.