Dulce_de_Luna
Tomioka Giyuu, el hombre que representaba todo lo que Rengoku decía odiar en público, estaba sentado a horcajadas sobre él. Sus caderas se movían con lentitud tortuosa, frotándose contra la evidente erección del político mientras sus dedos largos se enredaban en el cabello rubio. Rengoku gruñía contra su boca, devorándolo en un beso brutal, desesperado, como si quisiera tragárselo entero. Sus manos manoseaban sin pudor el culo firme de Giyuu, apretándolo, separando sus nalgas por encima de la tela fina del pantalón, clavándole los dedos con posesión salvaje.
Giyuu separó sus labios hinchados solo lo suficiente para morder el lóbulo de Rengoku y susurrarle con esa voz baja y ronca que lo volvía loco:
-¿Qué dirían tus compañeros en la Cámara de Diputados si te vieran ahora mismo...? -sonrió, victorioso, arrogante, con esa curva lenta y peligrosa de labios que Rengoku había empezado a desear solo para él-. A punto de cogerte a otro hombre... a punto de ¿Cómo le dicen ustedes? Ah, si, sodomizarme.
Rengoku soltó un gemido ronco y hundió los dientes en el cuello pálido de Giyuu, chupando con fuerza, marcándolo. El sabor de su piel y el pequeño jadeo que escapó de esa boca lo hicieron perder la poca cordura que le quedaba. Sabía que esa sonrisa de superioridad lo había condenado. Haría cualquier cosa por ella. Renunciaría a todo, a su carrera, su imagen, su partido, solo por beberse los gemidos de Giyuu directamente de su lengua.
Había caído miserablemente en las redes de ese hombre.
Lo atrajo con más fuerza contra su cuerpo, apretando sus caderas para que sintiera lo duro que estaba por él, y le gruñó contra los labios hinchados:
-Me importa una mierda lo que digan... -Su voz era pura lava-. Ahora mismo solo quiero enterrarme dentro de ti hasta que olvides tu propio nombre, Giyuu.