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En una versión humanizada del Circo Digital, donde nada es tan colorido como aparenta, Kinger, un omega marcado por el paso del tiempo, intenta sobrevivir entre recuerdos rotos y silencios demasiado largos. Su presencia es tranquila, casi invisible, acompañada por el inconfundible aroma a café negro, amargo y constante, como él mismo.
Caine, un alfa de mente brillante y sonrisa inquietante, huele a menta, fresca y punzante. Al principio, solo observa a Kinger con curiosidad: el más viejo, el más extraño, el que parece entender la oscuridad mejor que nadie. Pero esa curiosidad pronto se transforma en afecto... y el afecto en algo más profundo, más peligroso.
Lo que comienza como protección se vuelve necesidad.
Lo que parece cuidado, se transforma en control.
Mientras el circo observa en silencio, Caine empieza a confundirse entre lo que siente y lo que necesita, cruzando una línea invisible donde el cariño se convierte en obsesión. Y Kinger, atrapado entre la soledad y esa atención sofocante, deberá decidir si la oscuridad que lo rodea es un refugio... o una jaula.
Porque cuando la oscuridad nos mira, no todos salen siendo los mismos.