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El silencio en la casa de campo, lejos de las cámaras y el ruido de los estadios, solo se rompía por el chisporroteo de la chimenea. Erling, con su enorme figura, intentaba concentrarse en armar un rompecabezas gigante en la mesa del salón, mientras Jude, con una taza de té entre las manos, lo observaba apoyado en el marco de la puerta.