JulieAlehandraReyB
Hay recuerdos que se quedan grabados en la piel como cicatrices invisibles. No importa cuánto tiempo pase, siguen ahí, latentes, esperando el momento de despertar. Los míos empiezan con el eco de una voz ronca y alcoholizada, con el sonido del cinturón cortando el aire, con el miedo instalado en cada rincón de una casa demasiado grande para una niña tan pequeña.
Nací el 13 de diciembre de 1982, en Bogotá, en una familia que, desde fuera, parecía funcional. Mi padre, Luis Enrique Rey Torres, tenía su propia fábrica de publicidad; mi madre, Ana Mercedes Barrote Gómez, se encargaba de todo lo demás. Cuidaba cada detalle del hogar: la comida de mi padre, su ropa, la limpieza de la casa, nuestras tareas, nuestras comidas, nuestras horas de juego. Pero no solo eso. También trabajaba en la empresa de publicidad, haciendo el trabajo de una operaria y de una administradora al mismo tiempo: cortaba, estampaba, armaba llaveros, organizaba pedidos, logística. Era el pilar silencioso de una casa que se desmoronaba bajo el peso del licor y la violencia.
Mis primeros años quedaron marcados por la rutina de callar, de esconderse, de no respirar demasiado fuerte cuando la ira de mi padre se estallaba. Aprendí pronto que el amor y el dolor podían confundirse, que el silencio era una forma de sobrevivir y que reír, incluso en medio del caos, era la única manera de no romperse del todo.
Dicen que es difícil recordar los primeros años de vida, pero en mi caso, tengo varias imágenes grabadas con una claridad que asusta. Un día, mi sobrino quien es también mi ahijado me preguntó:
-¿Cuál es el primer recuerdo que tienes de tu vida?
Y en mi mente vi escenas que no se han borrado con el tiempo. No son simples fragmentos sueltos, sino momentos que definieron quién soy. Algunas parecen sacadas de una película de terror; otras, de una comedia absurda. Pero todas, sin excepción, están marcadas por el peso de una infancia que oscilaba entre el miedo y la resi