KarenHikari
La sirenita miró al príncipe, que aferraba a su joven esposa en sus brazos, los largos cabellos negros de la mujer enmarcando sus hermosos rasgos. Y la sirenita se volvió hacia el cuchillo que sostenía en sus pálidas manos, el objeto por el que sus hermanas le habían intercambiado sus largas cabelleras a la bruja del mar. Fue entonces cuando lo recordó: la única manera en la que recuperaría su hermosa cola era dejando que la sangre del príncipe manchara sus pies. La sangre del príncipe, ese que había traído tanta desdicha a su vida; ese a quien ella había amado sin esperar nada a cambio, aunque sin recibir nada tampoco. Porque, a veces, el amor no era sino una bendición y una maldición a un tiempo.