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En el corazón de Puerto Rico, bajo el sol ardiente y el ritmo constante de la isla, Yovngmanota estaba en su estudio. Sus tatuajes brillaban bajo la luz neón mientras mezclaba los beats más candentes que habían escuchado las calles de San Juan. El blanquito que volvía locas a las babys tenía ese acento puertorriqueño que hacía que cada palabra sonara como un hechizo. Pasaba horas perfeccionando sus rimas, sintiendo cómo la música lo absorbía por completo.
Mientras tanto, Sheila, morena, pelinegra, con curvas que hacían que cualquiera volteara a mirarla, estaba en su estética. Sus manos expertas daban forma a uñas perfectas y colocaban pestañas que parecían salidas de un sueño. Aunque Sheila era celosa y tóxica, y a veces un poquito berrinchuda y amargada, tenía un corazón que latía fuerte por su mundo: los bandidos, la calle, la música y la estética.
A veces, Yovngmanota salía del estudio para buscarla, y aunque Sheila lo regañaba por perder la noción del tiempo entre beats y micrófonos, no podía negar que la química entre ellos era explosiva. Él la miraba y, aunque ella cruzara los brazos y frunciera el ceño, sonreía con esa sonrisa que sabía que podía derretirla.
Entre notas altas, ritmos pegajosos, uñas recién hechas y pestañas perfectas, Yovngmanota y Sheila vivían su propio mundo en Puerto Rico: un lugar donde la música, la pasión y un poquito de drama se mezclaban como los mejores beats del reguetón. Y aunque la vida era intensa, cada mirada y cada sonrisa recordaban que, en esa isla caliente, todo valía la pena cuando había amor, música y estilo.