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Todas la llaman Rora.
El nombre del escenario, bonito y brillante, el que saben las fans y los PDs y las cámaras. El nombre que nació con el debut y que ahora es casi más real que el otro.
Casi.
Porque hay una persona en ese penthouse que la llama Dain. Solo una. Siempre una.
Y lo dice con una intensidad tan quieta, tan consciente, que Rora todavía no sabe si es algo que debería guardar o algo de lo que debería escapar.
Lo que sí sabe es esto: cada lunes por la mañana, cuando el apartamento duerme y ella se arrastra al colegio con trece años encima y un debut reciente que todavía no termina de procesar, hay luz en la cocina.
Y Pharita está ahí.
Con la lonchera azul abierta. Con el termo rosa. Con una calma que no necesita explicación.
Sin que nadie se lo haya pedido. Sin que nadie se lo haya dicho.
Como si cuidarla fuera algo que simplemente es.
Una historia sobre nombres que pesan, mañanas que importan más de lo que parecen, y dos chicas aprendiendo -sin querer- que algunas personas te conocen antes de que tú misma lo notes.