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Audrey Montrose siempre había sido la chica perfecta: hija de empresarios millonarios, educación impecable, modales de manual. Su familia tenía más dinero del que podría gastar en una vida... o dos. Pero a Audrey nunca le gustaron los lujos, ni las cenas elegantes, ni las fiestas llenas de gente que fingía sonreír.
Por eso, cuando sus padres decidieron mudarse a un barrio más "normal" para tener una vida tranquila, a ella no le importó en absoluto. De hecho, le encantaba. Por primera vez podía salir en pijama a por un café sin que nadie la mirara raro, o charlar con vecinos que eran genuinamente amables y no estaban interesados en su apellido. Todo parecía perfecto.
Hasta que lo conoció a él.
Rodrick Heffley.
El chico más insoportable, sarcástico y ruidoso del vecindario.
El tipo que creía que tener una banda de garaje lo hacía una estrella del rock, cuando en realidad solo lograba que todo el vecindario quisiera taparse los oídos.
Rodrick era desorden, ruido y rebeldía. Audrey era control, calma y perfección. Dos polos completamente opuestos. Y, por alguna razón, el universo decidió ponerlos puerta con puerta.
Desde el primer día, no se soportaron. Él la llamaba "princesita rica" cada vez que podía, y ella lo ignoraba con una sonrisa cargada de sarcasmo. Pero cada vez que discutían, algo en el pecho de Valeria se aceleraba... y no precisamente por la rabia.
Porque, detrás de esa actitud despreocupada y sus ojos llenos de burla, Rodrick tenía algo que no se podía fingir: autenticidad. Era el único que la trataba sin filtros, sin miedo, sin cuidado.
Entre noches de música que retumbaban por la pared, miradas cruzadas desde la ventana y discusiones que terminaban con risas que ninguno entendía, Valeria empezó a descubrir que su vida "perfecta" nunca había sido tan emocionante... ni tan caótica.
Porque a veces, el amor no llega con flores ni promesas.
A veces llega con una guitarra desafinada con un chico problemático.