ladomii0880
A los diez años le pedí que me prometiera que nunca se iría.
Y él prometió.
Al día siguiente ya no estaba.
Desde entonces aprendí dos cosas:
Las promesas se rompen.
Y las personas también.
Ocho años después, sigo sin saber por qué se fue. No hubo despedidas. No hubo explicaciones. No hubo un solo adiós.
Solo silencio.
El tipo de silencio que deja preguntas sin respuesta y heridas que nadie puede ver.
Por suerte, la vida sigue.
Tengo amigos, una familia que me soporta y suficientes problemas como para no pensar en alguien que desapareció hace años.
O eso me gusta creer.
Porque hay recuerdos imposibles de enterrar.
Y porque algunas historias, por mucho que intentemos olvidarlas, siempre encuentran la forma de volver.
Especialmente cuando estuvieron separadas por cartas que nunca llegaron.