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Cuando dos almas crecen puerta con puerta, es difícil no comenzar a ser inseparables. Conforme iban creciendo, se volvieron los mejores amigos; cualquier otro niño envidiaría una amistad como la suya.
Eso era hasta que la pubertad llegó y convirtió sus emociones en un choque constante, provocando acciones y palabras que ni siquiera querían decir. Gritos, peleas y discusiones... hasta que aquellas almas que alguna vez parecían ser una sola volvieron a dividirse, como dos simples átomos.
Pero la vida tenía otra jugada preparada. No dejaría que se separaran para siempre.
Es estúpido intentar alejarte de aquello para lo que naciste para hacer o sentir.
Cuando aquellas almas llegan a la flor de su juventud, las emociones, los sentimientos y las pasiones vuelven a estar al límite. Y, poco a poco, aquellas dos almas vuelven a encontrarse para formar una sola.
Pero no sin antes sufrir las consecuencias de haber intentado alejarse.