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En su juventud creyó que el orgullo era fuerza, que apartarse de quienes lo amaban lo hacía invencible. Ella siguió adelante, sostenida por la amistad sincera de otro, mientras él se hundía en su propia arrogancia. Pasaron los años, y en la soledad descubrió una verdad cruel: había tenido todo -la risa compartida, la promesa inocente, el calor de alguien que lo miraba sin miedo- y ahora no tenía nada.