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El soberano de aquellas tierras vivía consumido por los pesados deberes de su corona. Ante la falta de tiempo para su crianza, decidió confiar a su tierno hijo y heredero a los cuidados de la reina madre, quien habitaba en una humilde aldea de la comarca.Aquélla era una dama de profunda sabiduría y sencillez, que despreciaba las comodidades del castillo y prefería el calor del vulgo; un alma libre que eligió la pobreza voluntaria a pesar de la gloria de su linaje. Cuando el monarca le entregó al infante, ella aceptó complacida la tarea, instruyendo al pequeño príncipe en los senderos de la piedad, el honor y la rectitud.Quiso el destino que un día, mientras el joven infante recorría los caminos, cayera deshonrosamente en el cieno. Fue entonces cuando una pequeña aldeana, de humilde cuna, acudió en su auxilio y le ofreció unos retazos de tela para limpiar su armiño.
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¿Acaso nacía en el fango el brote de una noble amistad? ¿O se labraba, en silencio, el amargo inicio de una implacable venganza?