AndrsFonseca172
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Dicen que en Arcadia los lobos ya no aúllan.
Que el bosque fue domesticado, que los templos cayeron y que el nombre de los impuros fue borrado de las piedras. Dicen que la ciudad venció. Que la razón venció. Que la sangre dejó de hablar.
Mienten.
Yo escuché el último aullido.
Lo escuché la noche en que la luna se alzó roja sobre el santuario de Artemisa, y el fuego consumió las escalinatas del templo. Lo escuché cuando los hombres que se llamaban a sí mismos civilizados levantaron lanzas contra aquello que no podían comprender.
Y lo escuché en su pecho.
Theron.
Su nombre aún arde en mi lengua como hierro al rojo. No fue un monstruo. No fue un castigo. No fue una maldición como la que cuentan del rey Licaón, cuya historia repiten los poetas para enseñar obediencia.
Fue un muchacho.
Uno que corría más rápido que el viento entre los pinos.
Uno que miraba el bosque como si este le respondiera.
Uno que no aprendió a inclinar la cabeza ante la polis.
En Arcadia, cuando un joven alcanza cierta edad, se le conduce al santuario. Se le despoja de su nombre de niño y se le somete al rito. Algunos regresan hombres. Otros regresan ambiciosos. Otros regresan vacíos.
A él, el bosque lo reclamó.
Lo llamaron therian.
No como elogio.
Como advertencia.
Yo fui testigo.
Y fui cómplice.
Porque cuando dijeron que el lobo debía ser purificado, comprendí que hablaban del único ser que me había enseñado a respirar sin miedo.
Esta no es la historia de una bestia.
Es la historia de un amor que desafió a la ciudad.
Es la historia del último aullido que la luna escuchó antes de que el silencio cayera sobre Arcadia.
Si aún queda verdad en la memoria de los hombres, que este relato la despierte.
Yo estuve allí.
Y lo amé.