kookjimn
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Hannah llevaba un año viviendo en la Ciudad de México.
Había construido una nueva rutina, un nuevo trabajo y nuevas amistades. Todo lo que alguna vez fue su vida en Guadalajara había quedado atrás, o al menos eso era lo que intentaba creer.
Hasta que el fútbol volvió a cruzarse en su camino.
Sus amigos, fanáticos del deporte, llevaban semanas insistiendo en que los acompañara a la inauguración del Mundial en la Ciudad de México. Hannah se negó una y otra vez. No era el evento lo que rechazaba, sino todo lo que ese mundo significaba para ella.
Porque el fútbol tenía nombre y apellido.
Mateo Chávez.
Su exnovio.
El hombre con el que compartió sueños, madrugadas de entrenamiento y la ilusión de verlo algún día representar a su país. El mismo hombre del que se había despedido un año atrás, convencida de que nunca volverían a cruzar sus caminos.
Al final, sus amigos lograron convencerla.
"Solo será un partido", le dijeron.
Pero bastó con que los jugadores salieran al campo para que el aire abandonara sus pulmones.
Ahí estaba él.
Con la camiseta de la selección, caminando sobre el césped con la seguridad de quien por fin había alcanzado el sueño que tantas noches le había contado entre abrazos y promesas.
El corazón de Hannah dio un vuelco.
No sabía si era orgullo, nostalgia o un dolor que jamás había terminado de sanar.
Durante un instante, el estadio entero desapareció. Ya no existían los miles de aficionados, ni la música, ni las luces. Solo estaba Mateo.
Y una pregunta comenzó a hacerse imposible de ignorar.
¿Él también la había visto? ¿Después de un año... todavía pensaba en ella?