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La noche que los mellizos nacieron, Albus Dumbledore supo que el mundo mágico estaba destinado a desaparecer.
Siendo ambos descendientes de una antigua familia sangre pura y del que no debe ser nombrado, su futuro no era mejor que el de su padre, o al menos eso era lo que pensaba Albus.
Esos niños iban a ser la perdición de la comunidad mágica. La profecía lo decía, y las profecías nunca se equivocaban.
Por ello, no le tembló la mano cuando tuvo que arrebatarlos de sus padres. A la niña se la llevó apenas al nacer, pero aquello le costó caro, por lo que tuvo que esperar un año para poder tomar al niño también.
Obviamente, no podía dejarlos juntos. A la niña la dejó con una pareja de dentistas, un par de muggles que vivían en los suburbios de Londres, Inglaterra.
Al niño, en cambio, tuvo que mandarlo más lejos. Era muy arriesgado dejarlo en Inglaterra luego de haber fallado en llevárselo junto a su melliza cuando apenas nació, así que con algunos contactos, el menor fue enviado a Tokyo, Japón, donde se le fue entregado a una familia que ya tenía un hijo recién nacido.
Nada que un poco de alteración de recuerdos no pudiera arreglar.
Porque no importaba lo que tuviera que hacer, no importaba cuántos recuerdos tuviera que alterar o si debía separar a dos niños de su familia, Albus debía evitar la caída del mundo mágico a cualquier costo.
Todo era por un bien mayor.