ByMaslow
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El sol comenzaba a ocultarse tras los edificios, tiñendo el cielo de tonos dorados y naranjas, cuando lo vi llegar.
Caminaba con esa calma que parecía acompañarlo siempre, hombros anchos, paso firme, y esa cabellera castaña que caía desordenada sobre su frente. Sus facciones eran marcadas, perfectas, de esas que parecían esculpidas a propósito para dejar sin aliento a cualquiera que lo mirara. Parecía él... idéntico a él. Cada rasgo, cada gesto, esa forma de entrecerrar ligeramente los ojos al sonreír.
Y entonces la vi. Una mujer de su edad, elegante, segura de sí misma, se acercó a él y lo saludó con familiaridad. Él sonrió, esa sonrisa que yo conocía tan bien, y respondió con calma. Vi cómo ella le tocó el brazo al hablar, y vi cómo él no se apartó.
Me quedé inmóvil, en la sombra, sintiendo cómo el pecho se me apretaba sin querer. La diferencia entre nosotros eran veinte años. Veinte años que él veía como un abismo y que yo... yo sentía como nada, cuando estaba cerca.
Lo miré seguir hablando con ella, relajado, cómodo, y sentí una punzada de celos que me dolió más de lo que debía.
-Dios... -susurré bajito, sin apartar la vista-. ¿De verdad necesito salir con alguien de mi edad para dejar de pensar en ese hombre