slxngevoid
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Ellos eran todo lo que el otro necesitaba, pero ninguno lo sabía.
Jude Bellingham lo tenía claro: el fútbol era su vida y Haaland su mejor amigo (con ciertos beneficios que no venían en el contrato).
Erling Haaland lo tenía claro: Jude era su confidente, su rival más querido y su refugio en las noches difíciles.
Pero ni el uno ni el otro esperaban que un partido de cuartos de final del Mundial los empujara al límite. Literalmente.
Porque hay cosas que el cuerpo sabe antes que la mente. Porque hay aromas que despiertan instintos dormidos. Y porque, a veces, el destino elige el peor momento posible -o quizá el mejor- para recordarte que tu otra mitad siempre estuvo ahí, esperando a que dejaras de mirar al balón para mirarlo a él.