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Antes de que el mundo lo conociera como integrante de Santos Bravos, Kenneth Lavill solo era un niño de seis años que esperaba con ilusión el fin de semana. No por descansar, sino porque significaba una cosa: Gilberto Mora volvería a llevarlo a uno de sus partidos.
Mientras Gil perseguía un balón con el sueño de convertirse en futbolista profesional, Kenneth lo seguía desde las gradas, convirtiéndose en su mayor fan. No importaba si era un partido amistoso o un torneo importante; él siempre estaba ahí, celebrando cada pase, cada gol y cada victoria como si fueran propios.
-¡Mora! ¡Mora! ¡Mora!
Aquella voz infantil era imposible de ignorar. Gil fingía sentirse avergonzado por el escándalo que hacía su mejor amigo, pero, sin darse cuenta, siempre terminaba buscándolo entre la multitud antes de que iniciara cada partido.
Sin embargo, los sueños no siempre esperan y tuvieron que despedirse.
Los años pasaron. Kenneth encontró su lugar sobre los escenarios, brillando como cantante y artista junto a Santos Bravos. Gil, por su parte, hizo del fútbol su vida hasta vestir los colores de México.
Dos sueños cumplidos.
Dos niños que crecieron separados.
Y una promesa que el tiempo jamás consiguió borrar.
Porque, aunque el mundo entero aprendiera a corear el nombre de Gilberto Mora... nunca habría una voz capaz de hacerlo con la misma emoción que aquel pequeño niño de seis años que, sin saberlo, había comenzado a enamorarse mientras lo veía jugar.