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Don Torcuato, agosto de 2006.
Calles de tierra, el reflejo de las luces que parpadean en los charcos que se hacen en el borde del cordón, y el sonido constante del tren que parece marcar el pulso del barrio entero.
Los bares con Los Redondos al palo, humo de cigarrillo y un olor constante a cerveza y vino en caja siempre están listos para que alguna banda local intente surgir como está surgiendo Airbag.
Y ahí, entre todo ese quilombo, tenemos a Francesca y Guido.
Eran el agua y el aceite, pero no podían vivir separados tampoco. Habían crecido juntos, familias amigas, mismo jardín, misma escuela, mismo todo.
Vivían discutiendo; se chicaneaban, se molestaban, se peleaban y después lo solucionaban sentados en la vereda a la madrugada con una botella cortada y un fernet al lado.
Después estaban Luz y Pato.
No se podían ni ver, pero tampoco podían respirar sin el otro cerca. Se odiaban tanto como se necesitaban.
Luz y Fran son amigas desde que tienen memoria, y sus recuerdos más lindos de su infancia, probablemente son tomar la chocolatada todos juntos en la casa de los Sardelli.
Es ese punto de la adolescencia en el que sentís que podes patear el futuro hasta que vos tengas ganas.
Ensayos en garages mientras Luz y Francesca se sentaban a mirar en los amplificadores, giras por los bares de Torcuato, mil recitales de Los Redondos juntos, y algún que otro beso robado en el baño de un bar.
Pero un día, el barrio te suelta la mano y te obliga a elegir entre comodidad o lealtad. Y si Francesca se caracteriza por algo, es por la lealtad.
Cuando las cosas se ponen oscuras y la realidad te pasa por arriba, no te queda otra que correr.
Fue esa noche, entre el ruido lejano del tren y el miedo, que todo se quebró. Él la vio ahí, parada en la oscuridad con el mundo en una mochila, y no pudo hacer nada por retenerla.
Ella lo miró por última vez, con la voz rota y las lágrimas luchando por salir, le prometió lo único que podía cumplir:
-Voy a vo