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Antes de la reconstrucción exitosa de la vida de Sana, tuvo un gran amorío con una chica coreana que conoció en un viaje escolar. Inexperta y llena de miedo, encontró en ella una paz inquebrantable; algo desconocido, puro y palpable. Pero, como siempre, su propia ansiedad terminó derramándose sobre aquel vínculo y tirando abajo el amor tan envidiable que habían construido.
Ahora, el tiempo les pasó por encima y dejaron, por consiguiente, de encontrarse como solían hacerlo: de forma automática y sencilla. Sana se casó, concibió una hija risueña y extremadamente dulce, y volvió a Japón, lugar del que saldría por un período corto -o eso pensaba hasta ese momento- debido a una invitación formal por parte de uno de sus viejos compañeros de secundaria. La idea era volver a vincularse con los demás y fingir una falsa fiesta de graduados, sin esperar encontrarse nuevamente con aquella muchacha que alguna vez tomaba su mano durante los días difíciles; aquella que le prometía que todo mejoraría y que, sonriente, le decía que, de adultas, volarían lejos de Corea y del caos que constantemente les imponía Seúl.
Claramente, todo quedó en promesas.
Jihyo ya no era una adolescente proyectando su amor hacia el futuro. Se convirtió en una escritora mediocre, una fumadora compulsiva, un alma a punto de romperse en dos y, aun así, alguien que inevitablemente continuaba adorándola desde aquel inocente cruce que compartieron cuando todavía eran jóvenes, soñadoras y esperanzadas.
Sana se preguntaba qué tan malas podían ser las segundas oportunidades, sin querer admitir que, en algún momento, había abandonado a su yo más joven. Mientras tanto, Jihyo la observaba desde lejos, recordando cómo Sana había huido de sus brazos y preguntándose si aquello había sido simplemente un enamoramiento pasajero, una parte más de su proceso de crecer.
Pero ellas continuaban amándose.
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