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Dicen que hay líneas que nunca deberían cruzarse.
Yo aprendí eso desde que mi hermano empezó a jugar en la Selección.
Conocía a Enzo desde el Mundial de 2022. Asados, cumpleaños, festejos... siempre terminábamos coincidiendo. Nos llevábamos bien, nos reíamos, hablábamos de vez en cuando. Nada fuera de lo normal.
O al menos eso era lo que todos creían.
Porque a veces una mirada dura demasiado. Una sonrisa significa más de la cuenta. Y una noche alcanza para cambiar todo.
La fiesta después del partido contra Inglaterra fue el comienzo de algo que ninguno de los dos buscó.
Y, desde ese momento, ya no hubo vuelta atrás.
Entre nosotros siempre hubo algo.
Solo tardamos demasiado en admitirlo.