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La historia recordaría a Navier Trovi como una emperatriz digna y respetada.
A Sovieshu, como el emperador que perdió a su esposa por sus propios errores.
Y a Rashta como una esclava que voló demasiado cerca del sol.
Amira conocía esas historias.
Después de todo, había crecido entre sus protagonistas.
Era la hija de Sovieshu y Navier, la princesa que alguna vez pareció ser la respuesta a todos los problemas de la pareja imperial. Pero cuando el matrimonio de sus padres comenzó a desmoronarse, Amira descubrió que ser hija de alguien no significaba conocerlo realmente.
Mucho menos comprender sus decisiones.
Durante años escuchó quién era la víctima, quién el culpable y a quién debía despreciar.
Hasta que comenzó a observar por sí misma.
Y cuando lo hizo, descubrió que los adultos que había admirado no eran tan perfectos y que aquellos a quienes le habían enseñado a mirar con desprecio podían sorprenderla.
Al final, Amira solo tuvo una certeza:
Navier Trovi le dio la vida.
Pero fue a otra mujer a quien terminó llamando mamá.