ceierre
La última vez que vi a Ferran, estaba cerrando la puerta de su casa en Barcelona. Esa a la que un día se mudó para estar cerca mía y que ahora dejaba atrás con la promesa de una nueva vida en París, sin mí.
La casa seguía ahí, como un recordatorio vivo y cruel que, cada mañana, cuando ponía rumbo a la ciudad deportiva, me atormentaba. Le veía irse una y otra vez. Cada mañana. Cada tarde, cuando volvía de entrenar.
También veía su dolor y mi cobardía. Oía el desgarro de nuestros corazones, los gritos que no dimos, la súplica que nunca llegamos a verbalizar.
Veía mucho. Veía todo.
Porque quizás aquella casa ahora podía parecer vacía, pero no lo estaba. Seguía llena, repleta del peso de los recuerdos, de los secretos, de aquellas primeras veces en tantas cosas. De nuestra primera vez. De la pasión. Del amor.
De lo que había sido nuestro amor.
Y del adiós.
Han pasado cuatro años y ahora el club lo quiere de vuelta.
El PSG tiene una oferta sobre la mesa y yo, Pedri González, tengo la posibilidad de recuperar al amor de mi vida.
O de vivir nuevamente con su presencia constante, pero esta vez, junto a la agonía de tenerle al lado y saber que, por mi cobardía, quizá nunca vuelva a ser mío.