CanelaVillamiler
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- Eres como una doctora de máquinas -dijo él, con una sonrisa que le iluminó el rostro-. Gracias.
- No soy doctora de máquinas. Algún día voy a ser doctora de personas -respondió ella, limpiándose las manos en el pasto-. ¿Y tú? ¿Vas a ser mecánico de bicicletas?
Juan Pablo se enderezó, se acomodó la guitarra de plástico y sacudió la cabeza. - No. Yo voy a ser músico. Voy a escribir canciones que todo el mundo cante, y tú vas a ser la primera en escucharlas.
- Las canciones no curan nada, Juan Pablo -sentenció ella, volviendo a su libro.
- Te equivocas, Andre -él se subió a la bicicleta y le guiñó un ojo antes de arrancar-. Algún día vas a necesitar una canción para que el corazón no te duela tanto, y ese día yo voy a estar ahí para tocarla.
Andrea lo vio alejarse, una pequeña figura desapareciendo al final de la calle mientras el sol se ocultaba tras los cerros orientales. En ese momento, ninguno de los dos sabía que esa cadena que ella acababa de arreglar era el primer eslabón de un hilo rojo que se estiraría, se enredaría y casi se rompería, pero que nunca, bajo ninguna circunstancia, dejaría de unirlos.
Ella quería entender el latido. Él quería ponerle música. Y en esa tarde gris de Bogotá, sin saberlo, sus destinos acababan de firmar un contrato que ni el tiempo, ni la distancia, ni la medicina, podrían cancelar.